El trabajo doméstico no remunerado violenta derechos de las mujeres
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A lo largo de la historia los roles de género han moldeado la organización de la sociedad, especialmente a partir de la división sexual del trabajo, que indica cuáles labores hacen los hombres y cuáles las mujeres.

Tradicionalmente, a ellos se les ha encargado la dimensión productiva con actividades reconocidas y remuneradas en el mercado, mientras que a ellas se les han delegado las funciones reproductivas; es decir, aquellas labores del hogar necesarias para el sostenimiento de la vida, con la particularidad de considerarlas ajenas al trabajo y desprovistas de cualquier tipo de remuneración directa.

Lo anterior significa una privación de ingresos que a menudo expone a las mujeres a diferentes tipos de violencia derivadas de la dependencia económica.

Es imprescindible, ante ello, evidenciar que la desvalorización del trabajo realizado les priva del acceso a recursos, y de cubrir sus necesidades, pese a que trabajan hasta dobles o triples jornadas en la ardua labor de sostener la vida.

En suma, no percibir una remuneración genera automáticamente una relación de dependencia de las mujeres, a menudo con sus parejas, lo que refleja un patriarcado del salario. Lo anterior, además, suele limitarles la libertad en cuanto a sus decisiones de gasto.

La falta de una compensación económica también implica la ausencia de contribuciones a los distintos regímenes de seguridad social. Aunque en muchas ocasiones puedan acceder al seguro de enfermedad, a través del aseguramiento por parte de un familiar, no realizan aportes para recibir una pensión durante la vejez.

Esto último perpetúa las condiciones de dependencia y de precariedad, pues muchas de las mujeres que se dedicaron al trabajo doméstico no remunerado acaban solicitando una pensión no contributiva, cuyo monto suele ser insuficiente para cubrir las necesidades básicas, o en el peor de los casos ni siquiera logran acceder a este tipo de transferencia.

En el contexto costarricense, dentro de la esfera del trabajo doméstico, conviene volver la mirada hacia el caso del trabajo de cuidado de personas dependientes, pues según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) del 2022, esta labor constituye una de las actividades a las que la población dedica más tiempo. Al igual que en las otras labores del hogar, no existe una corresponsabilidad en el cuido, pues las mujeres dedican en promedio un 60% más del tiempo a esta tarea en relación con los hombres.

El panorama empeora para aquellas mujeres que cuidan a personas con discapacidad, ya que estas tareas suelen ser de tiempo completo y esto también limita sus oportunidades para desarrollar otras actividades con remuneración. Es el caso de Lidia, una mujer de 71 años, dedicada por completo al cuidado de su hija Karol, de 35 años,  quien presenta una condición de discapacidad cerebral severa, por lo que requiere una dedicación de tiempo completo.

Las cosas no eran fáciles para Lidia: debía velar por sus seis hijos, dar mantenimiento a la casa y trabajar como recolectora de café en la zona sur, con una doble jornada laboral y una sola remuneración relativamente baja. Para ese entonces, estaba casada y el aporte de su esposo para los gastos del hogar era casi nulo, debido a un problema de adicción y a que consideraba que "esas eran responsabilidades de las mujeres".

Una vez que nació Karol la vida de Lidia empezó a girar por completo en el cuido y tareas del hogar; abandonó su fuente de ingresos para asumir una jornada laboral 24/7 no remunerada, que incluía constantes viajes al hospital. El peso de los gastos del hogar recayó sobre los hijos mayores de Lidia, quienes con trabajos informales han apoyado a su madre y hermana.

En la actualidad Karol recibe una pensión de 278 mil colones al mes, un monto insuficiente para cubrir los gastos médicos, ya que su mamá debe comprar pañales, algodón, guantes de látex, entre otros insumos, que requieren una inversión  de 320 mil colones, sin contemplar gastos en productos de aseo, que también son requeridos para garantizar la salud de su hija.

La invisibilización social de este tipo de labores se hace bastante evidente en un caso como este. Lidia ha intentado tramitar una pensión; sin embargo, en la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) se han negado, dado que su esposo ya recibe pensión, a pesar de que no aporta económicamente como tampoco a las labores de cuido.

La sociedad está cambiando en algunos aspectos gracias a los movimientos sociales y sus luchas; empero, la invisibilización de labores no remuneradas que desempeñan las mujeres se sigue presentando de manera bastante significativa. El problema resulta bastante grave cuando pareciera que incluso las instituciones estatales no son capaces de contemplar la amplia complejidad que implican las labores de cuido y el poco apoyo que se les brinda a las personas que son relegadas a este tipo de trabajos.

Es por ello que en el marco del Día Internacional de Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, alzamos la voz por aquellas mujeres adultas mayores a quienes se les ha invisibilizado su trabajo y, pese a dedicar jornadas exhaustivas al cuidado y sostenimiento de la vida de personas con condiciones de dependencia, deben enfrentarse a carencias y privaciones a lo largo de su vida porque simplemente la sociedad se niega a reconocer esto como un trabajo que requiere de una remuneración.

Nuestra consigna es que sin el reconocimiento de las labores domésticas por medio de la remuneración no se podrá eliminar la violencia contra las mujeres. Nos queda mucho camino por andar, no solo en Costa Rica, sino en todo el mundo y, ante ello, hacemos un llamado para avanzar en la lucha por la justicia social y de género.